> LA MISA DE HOY

PBRO. MARCELO BARRIONUEVO

“Y sucedió que al entrar él un sábado a comer en casa de uno de los principales fariseos ellos le estaban observando. Y proponía a los invitados una parábola al notar cómo iba eligiendo los primeros puestos, diciéndoles: cuando seas invitado por alguien a una boda, no te sientes en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él, y al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: cede el sitio a este; y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando seas invitado, ve a sentarte en el último lugar para que cuando llegue el que te invitó te diga: amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado”.

La liturgia de hoy -y sobre todo el Evangelio- nos dice a cada uno que es “invitado”. A lo largo de la historia se ha tratado de distintos modos -y se trata actualmente- de expresar la verdad sobre el hombre, y de una respuesta a esta pregunta: ¿quién es el hombre? El hombre es un “invitado” por Dios. No sólo ha sido llamado a la existencia como todas las demás criaturas del mundo visible, sino que desde el primer momento de su existencia y para todo el tiempo de su vida terrena ha sido invitado; invitado a un “banquete”, o sea, a la intimidad y comunión con el mismo Dios, más allá del ámbito de esta existencia terrena.

En esta parábola está oculto un principio fundamental, o sea, que para descubrir que ser hombre significa ser invitado, es necesario dejarse guiar por la humildad. El Evangelio nos habla de la virtud de la humildad como fundamento de todas las demás, y Jesús aprovecha cualquier circunstancia para ponerlo de relieve. La verdadera humildad no se opone al legítimo deseo de progreso personal en la vida social, de gozar del necesario prestigio profesional, de recibir el honor y la honra que a cada persona le son debidos. Todo esto es compatible con una honda humildad; pero quien es humilde no gusta de exhibirse. Nada tiene que ver esta virtud con la timidez, la pusilanimidad o la mediocridad. La humildad nos lleva a tener plena conciencia de los talentos que el Señor nos ha dado para hacerlos rendir con corazón recto, y a dirigir hacia Dios los deseos de gloria que se esconden en todo corazón humano.

La invitación del Señor a no creerse con derecho al puesto principal es un estilo de vida que tiene muchas manifestaciones. Una de ellas es la facilidad para rectificar cuando la realidad nos persuade de una equivocación o un error de buena o mala fe. Endurecerse en esa postura juzgando que lo contrario es rebajarse es no amar la verdad sino mi verdad y mi propio interés, lo cual lleva a colocarse fuera de la realidad, causando dolor y desaliento a mi alrededor.

Todos tenemos que introducir rectificaciones en nuestra vida y eso implica un sentido de humildad, de mejora. Se rectifica un vino, para ennoblecerlo. Se rectifica un proyecto, un carácter, una conducta, una cultura, una visión de la vida... Y se abandona un camino equivocado que uno juzga que no va. ¡Cómo cuesta rectificar en el mundo de la política, de las comunicaciones, de la publicidad! ¡Y, sin embargo, cuánta confianza genera esta práctica entre la buena gente!

Busquemos el justo lugar que Dios nos da y allí demos lo mejor de nuestras vidas.